Cerrar capítulos es frecuente. Ya sean episodios significativos, de esos que cambian el curso de los ríos vitales, o los cortos que quizá más adelante se confundan entre sí.
Cerrarlos duele. Aun teniendo finales felices, porque representan un término, una encrucijada, una decisión que nos llevará a una vereda distinta. Podemos mirar atrás, hacia lo que pudo ser, pero con el paso del tiempo el paisaje se difumina y se pierden los detalles. Por eso es mejor seguir mirando al frente, hacia lo que viene, para admirar el paisaje y para tener cuidado de no caer.
Hay capítulos que, aunque poco extensos, al momento de iniciarlos parecen inmensos. Nublan la vista entera y pareciera que no hay nada más en la vida que aquellas páginas, aquellos párrafos cayendo encima como cataratas. Eclipsan todo lo demás. Y de pronto terminan, sin más, sin siquiera una nota o un epílogo. El corazón, hinchado ante el racimo de expectativas, siente que va explotar. Cuesta mover los dedos para girar la página, cuesta creer que lo que duraría se volvió efímero. Invaden las ganas de regresar, de volver a escribirlo desde el comienzo, la tortura de los «hubiera» y los «quizás». Es tarea imposible y, aunque no lo parezca en ese momento, no agregaría ningún valor.
El tiempo pasa y su abrazo gira la página. Las palabras del capítulo anterior aún acechan la mente como fantasmas. Sin embargo, un día, sin previo aviso, nos vemos admirando el comienzo del nuevo capítulo, la página siguiente, el futuro y su infinidad de posibilidades. Los capítulos nos vuelven lo que somos, pero son solo las columnas que sostienen nuestra esencia. Somos más que los episodios pasados, porque las lecciones y recuerdos suman más que las lágrimas derramadas, que las sonrisas dibujadas y que los caminos que nunca pudieron ser.
(Aquí el lugar donde escribí esta reflexión)
